En el ESPACIO, todo es arquitectura. No hay naturaleza: sólo polvo, materia inerte, moléculas, el vacío. En la Tierra, los ingredientes para la supervivencia están al alcance de la mano: agua, oxígeno, alimentos verdes. Por otro lado, en el espacio sólo puedes vivir si construyes algo, y no habrá nada a tu alrededor, salvo que lo construyas. Puras construcciones. Sólo la construcción y el acto mismo de construir de forma constante.

En el espacio, pasamos mucho tiempo construyendo, arreglando y limpiando la arquitectura. Es lo que nos mantiene vivos. Tenemos robots que hacen buena parte del trabajo, pero esos robots necesitan otros robots que les den mantenimiento, y así sucesivamente, hasta que al final de la cadena hay un ser humano, posiblemente encuclillado, que limpia las partes de una máquina con un trapo sucio. Una imagen ancestral: el humano encuclillado, con una toalla y un rociador.

En el espacio, el mantenimiento lo es todo. Cuando la supervivencia básica se ve amenazada por un empaque sucio o una membrana plástica perforada, las personas involucradas dedicarán más tiempo a mantener todo limpio y en orden. No vale la pena arriesgarse. El exceso de basura pone en riesgo la nave entera. La basura nos iguala a todos en el espacio.

Eso le dije a Tina horas antes de que llegara aquí. Le expliqué que, en el espacio, los visitantes no son como en la Tierra: nos daba gusto recibirla y queríamos que la pasara bien a bordo —más tarde serviríamos sangría contenida en sobrecitos—, pero ella tendría que hacerse cargo de sus desechos de principio a fin.

Tina se rio y me dijo que no me preocupara, que por lo menos no era una artista que empleara técnicas mixtas. Alzó la cámara y la agitó.

—Esto no deja residuos.

—¿Está encendida?

Tina acercó la lente a mi cara.

—No sé. ¿Lo está? —Presionó un botón e hizo un acercamiento.

—No tomes película hasta el brindis —dije y tapé la burbuja de cristal con la mano, como una celebridad que se quita de encima a un paparazzi.

Tina soltó un suspiro exagerado.

—Es digital, Bea. Di-gi-tal.

Yo seguiría diciéndole “película. Sonaba elegante. Además, estaba harta de tanta porquería digital.

Tina sería nuestra primera artista residente. Todos leímos su perfil cuando la eligieron, o mejor dicho, buscamos su obra. Llevábamos tres años sin “carne fresca”, por usar una de las frases típicas de Jared. La primera vez que bromeó diciendo que necesitábamos carne fresca nos dio risa, pero luego se volvió perturbador, y ahora nos parecía patético.

La carne que consumíamos ahí era bastante fresca, por decirlo de algún modo. Se cultivaba en la Zona de Tanques, en la Plataforma 4. No era necesario sacrificar seres vivos para su consumo, lo cual nos hacía sentir que éramos compasivos. Se suponía que debíamos sentir que éramos parte de una solución y no que estábamos contribuyendo al problema. Creo que por eso crearon el programa de artistas residentes, para hacernos sentir que estábamos contribuyendo a una causa superior. Un intento por enaltecer una iniciativa ridícula y aderezar nuestras vidas monótonas y degradadas con una pizca de alta cultura. Nuestro CEO tuvo que haberse dado cuenta de que el público en la Tierra necesitaba evidencias de que esto era más que un ardid publicitario.

Esperábamos la llegada de Tina con tantas ansias que se nos caía la baba. Para el Anno 3 ya estábamos tan acostumbrados a la finitud de nuestros diecisiete cuerpos y nos habíamos familiarizado tanto los unos con los otros que ahora nos veíamos como escalas de grises, incoloras e insípidas, como si nos hubieran cultivado en tanques.

Resultó que yo tenía derechos sobre ese nuevo factor x. Descubrí una línea en la descripción de mi puesto laboral que decía, con letra muy pequeña, que yo era la responsable de inculcar una cultura corporativa positiva; en este caso, era lo más cercano a estar a cargo de la artista residente.

—¿Cultura corporativa? —preguntó Evelyn—. ¿Eso significa que durante todo este tiempo debiste haber planeado noches de películas y cosas así? —No obstante, los demás coincidieron tarde o temprano en que fuera yo quien recibiera a la artista, a la habitante temporal número 18—. Recuerda que el primer pase no es lo mismo que una anotación —señaló Evelyn, fingiendo driblar un balón de basquetbol.

—Que empiece la carrera espacial —dijo Jared por milésima vez.

Había llegado. ¡Era un milagro! La escotilla se abrió, y Tina asomó la cabeza desde el interior de la capsulita del dron que la llevó de la corteza terrestre hasta nuestra puerta.

Me miró con los ojos entrecerrados, giró la cara hacia un costado y vomitó.

Una vez que el robot aspiró la bilis y Tina se puso overoles espaciales limpios de nuestra colección primavera/verano, indagó mi identidad. Se había aferrado a un gancho del techo para que flotáramos a la misma altura. En ese momento, vi el mechón verde brillante en medio de su cabellera negra.

—Beverly, ¿cierto?

—Beatrice —la corregí con seriedad fingida—. Un placer conocerte. Soy la capitana —anuncié, con las manos en jarras, lo cual hizo que me estrellara contra la pared y empezara a rotar hasta quedar mirándola de lado—. Es broma. Aquí no hay capitanes. Ni que estuviéramos en Star Trek o en una película de ciencia ficción.

Tina esbozó una sonrisita y señaló el estuche de su cámara que llevaba atado a la cadera. Fue la primera vez que me fijé en sus caderas. En la curvatura catastróficamente perfilada de sus caderas.

Para ser sincera, había estado temblando de nervios desde antes de verla o de verle las caderas. Imagina que llevas tres años rodeada de tus colegas, que el tiempo se evapora, que estás en un lugar donde nada deslumbra. Cuando bromeé con eso de ser la capitana me di cuenta de que mi sentido del humor se había deteriorado tanto que ya no era más que una hoja arrugada, llena de frases repetidas hasta el cansancio, como las de Jared. Mi vínculo con la vida era sumamente endeble…, y me refiero a la vida en general, no sólo a los otros dieciséis pedazos de carne con los que convivía.

A pesar de sentirme aturdida por impulsos contradictorios, decidí dejar de lado el humor y sólo tratar de ser amable. No quería que mi desesperación la ahuyentara. Ese dilema me aquejaría hasta el final, pues la única forma de evitar deprimirla era mintiéndole. Le sonreí, tratando de que no pareciera forzado, y le mostré el diagrama de la nave que estaba desplegado en las paredes de todas las plataformas para indicar dónde estábamos. En realidad no era necesario señalarlo, pues esa información estaba marcada con un circulito verde.

—Me lo enseñaron durante la capacitación, no te preocupes —dijo Tina. Luego, me miró durante un largo instante—. Perdona que se me olvidara tu nombre. Soy muy mala para recordar rostros. —Sin querer, soltó el gancho de la pared y se estrelló ligeramente contra mí. Detrás del olor de los overoles recién impresos, percibí el aroma de una criatura completamente distinta. ¡Feromonas! ¡En el espacio!

Quizá no tengamos capitán, pero sí tenemos una misión, la cual está plasmada en nuestra página web, tal como la misión y la visión de cualquier otra empresa terrestre. Nuestra misión es prosperar aquí para demostrar un concepto: el concepto de que la gente puede trabajar bien donde sea. Por si fuera poco, estamos contribuyendo a la ciencia con nuestro cuerpo, ya que todos los días estamos haciendo un experimento científico. Para que el experimento sea un éxito, debemos evadir la muerte el mayor tiempo posible, mientras medimos nuestra salud y productividad.

En términos generales, somos una empresa de tecnología. Cada año sacamos productos al mercado y compartimos con nuestros inversionistas los informes trimestrales de pérdidas y ganancias. Pero nuestro principal negocio es el internet satelital, el más rápido de la galaxia. En el espacio, mi hogar es un enorme satélite que orbita la Tierra y recibe y manda información al planeta azul a una velocidad inusitada. Al parecer, la gente está dispuesta a pagar cantidades exorbitantes para reducir los tiempos de descarga.

No somos una empresa extraordinaria, pero lo que sí resulta histórico es que trabajamos desde el espacio, y ese elemento histórico tiene un efecto positivo en el precio de nuestras acciones. No importa que aquí sólo seamos diecisiete ni que allá en la Tierra el CEO y el resto del equipo hagan la mayor parte del trabajo. De cualquier forma, sería imposible tener la empresa entera acá. ¿Quién se haría cargo de las fallas arquitectónicas? Además, nadie compraría acciones de una empresa cuyo personal corre el riesgo de ser aniquilado de golpe por un asteroide.

Mike, nuestro gerente, es del sur de California y resiente la falta de luz solar. Bromeamos mucho al respecto porque técnicamente ahora estamos más cerca del sol y recibimos mucha más radiación que en la Tierra, pero no nos bronceamos. La falta de naturaleza le molesta más a Mike que a mí.

Mike no se veía trabajando en una oficina; sólo aceptó este trabajo porque era en el espacio exterior y eso le pareció emocionante. “En la era del trabajo remoto, ¿por qué no trabajar LO MÁS REMOTAMENTE POSIBLE?, decía el eslogan, así que Mike pensó: “Sí, qué bien, claro, ¿por qué no?”. En las grabaciones de sus entrevistas usó muchas veces la palabra “legado. Pero ahora reconoce que es mucho peor que un trabajo de oficina normal, porque aquí sólo hay oficina o trabajo. En el espacio, todo es tu oficina y todo implica trabajo.

La otra cosa que le molesta a Mike es que la estética arquitectónica de la nave no es lo suficientemente futurista. Dice que vivimos en una mezcla entre el set de una película de clase B y una tira cómica de Dilbert.

—Vamos a pasar el resto de nuestra vida en el espacio, Beatrice. ¿Por qué demonios tenemos sillas giratorias y plumas Bic?

Durante el Anno 2 lo vi lanzar al incinerador un par de tazas con la leyenda “ODIO LAS JUNTAS”.

Tina volvió a vomitar el segundo día y también el tercero, pero para el cuarto ya se deleitaba con la carne de tanque con el mismo entusiasmo que cualquiera podría sentir por esa plasta y se paseaba flotando por todas las zonas y plataformas.

Siempre tenía encendida la cámara, y como yo era su guía —salvo que alguien me pusiera un alto—, por lo regular la enfocaba en mí.

—¿Vas a ser mi protagonista? —me preguntó, cerniéndose sobre mi hombro mientras yo tecleaba cifras en una hoja de cálculo y terminaba mi primer café de la rotación. No me había dado cuenta de lo cerca que estaba, así que por instinto me encorvé sobre la pantalla para proteger la información, aunque en realidad estaba capturando cifras aleatorias.

Cerré el programa y giré la silla anclada al suelo a la que estaba atada.

—Depende de la historia.

—Los personajes determinan la historia —dijo encogiéndose de hombros—. Y esta historia empieza contigo.

Volví a darme cuenta de lo bien que le ceñían los overoles espaciales en comparación con nosotros. Me gustaba más el traje de otoño/invierno, pero cada temporada debíamos disolver las prendas vintage para que la impresora 3D creara los atuendos nuevos. Como parte de un acuerdo comercial, enviábamos a la Tierra fotos nuestras, posando con cada cambio de overol. Y bromeábamos diciendo que era el único vínculo que teníamos con el concepto del cambio de estación.

—No soy un personaje —argumenté—. Soy Beatrice. Una persona. —Su peculiar risa me hizo sentir como una persona de verdad—. Bueno, está bien —agregué, sonrojada—. ¿Qué necesitas para tu película? ¿De qué se va a tratar tu obra de arte?

Ya había visto algunos de sus videos. Eran tomas manuales de amistades, fiestas, museos, amantes, habitaciones…, todas ellas entretejidas para formar una especie de narrativa guiada por su voz tersa y confiada. The Times la había descrito como “una maestra del retrato íntimo”.

—Sólo de ti —contestó—. De lo que haces aquí. De lo que hacías allá. De lo que ansías, lo que deseas. —Fruncí el ceño y sentí que me sudaban las axilas—. Vamos —insistió—, seguro que tienes muchas cosas en mente. ¡Estás en el espacio, por Dios!

Ya sabía a lo que se refería. Se supone que estar en el espacio lo hace todo más interesante, más dramático.

Todos los personajes de una historia deben desear algo, así sea un vaso de agua. Pero en ese instante lo único que quería y que había querido durante tres años era poner una mano en una cadera como la suya y acariciar la costura pegada a su piel.

—Si lo que quieres saber es si vine aquí por las “razones correctas—dije y bajé la mirada—, te aseguro que no llegarás muy lejos.

—Empecemos con algo pequeño. Cuéntame qué haces a diario en este satélite que gira alrededor de la Tierra.

—Le llamamos “nave espacial” —contesté en tono infantil. En realidad no era una nave espacial.

—Ay, perdón.

—Y en realidad aquí no hay días.

Asintió.

—De acuerdo. —Puso la cámara frente a mi cara.

Volteé y miré fijamente la lente.

—Mi nombre es Jefa de Asistencia Técnica —le dije a la máquina—. También soy conocida como Beatrice. Y mi trabajo consiste en asegurarme de que los registros y archivos y las bases de datos de nuestra empresa estén bien organizados y guardados. —La lente se meció para capturarme desde un ángulo poco favorecedor, así que bajé la barbilla—. En cada turno, reviso los archivos ingresados y las hojas de cálculo varias veces para asegurarme de que tengan suficientes… números.

No quería confesarle a Tina, ni mucho menos a su futuro público terrestre, que la mayor parte de esa información era pura basura. Nunca usábamos los números para nada. La única razón por la que llevábamos registro era por si algo salía mal y necesitaban cobrarle a la aseguradora. Si la estructura se quebraba, alguien tendría que pagar. Si acaso una piedrita tronaba la ventana y el vacío del espacio succionaba a uno de los tripulantes. Claro que no teníamos muchas ventanas.

—¿Qué son esos números?

—Los niveles de oxígeno y carbono. La temperatura de los tanques. Los rangos de presión. Ese tipo de cosas.

—Y eso lo guardas aquí. —Señaló la pantalla enmarcada por un panel sofisticado, aunque en realidad fuera un simple iPad.

—¿Sabes qué es curioso? —le dije—. Toda la información que recopilamos aquí se almacena en realidad en la Tierra. La enviamos unas diez mil veces al día con nuestro internet hiperveloz porque es más seguro que esté guardada ahí, en los servidores submarinos, a bajas temperaturas. —Hice una pausa y señalé hacia abajo, como si las direcciones aquí significaran algo—. Información cálida. Información fresca. —Claro que la información se mantendría bien fresca aquí, pero no estaría del todo segura. Ese mismo meteorito capaz de quebrar la ventana y matar a alguien también podría estrellarse contra un servidor y acabar con la información necesaria para demostrar que no fue culpa del CEO que el meteorito golpeara la ventana y matara al tripulante. Eso nos obligaría a pagar un nuevo servidor y un nuevo tripulante y muchas cosas más. Y al CFO no le caería muy en gracia—. Siento que nada de lo que te estoy contando es muy interesante —agregué—. Supongo que debo volver a lo mío.

Una vez que se fue, entré a la página de nuestra empresa y leí que el trabajo de artista residente consistía en conocer a los habitantes del satélite de forma íntima para expresar con autenticidad la experiencia de vivir en el espacio. Su tarea, según la descripción, era comunicarle al público la increíble complejidad de nuestro emprendimiento y ofrecer “perspectivas especulativas y críticas sobre lo que implica el desterramiento para el futuro de la humanidad”.

Tina sólo se quedaría doce semanas. Su inminente regreso a la Tierra abrió una brecha entre nosotras que provocó que la posibilidad de crear un vínculo de verdad pareciera inútil o, peor aún, una farsa. Era como si hubiera venido a extraer algo de nosotros… o de mí. El problema era que yo estaba más que dispuesta a darle cualquier cosa que ella quisiera.

Un aspecto de nuestro trabajo que es mejor aquí de lo que sería en el planeta es el chisme. No tienen idea de la cantidad de chismes que se generan en el espacio.

Poco antes de la llegada de Tina, Maggie engañó a Jeff con Evelyn, lo que requirió una sesión de resolución de conflictos. Era algo así como sacar la basura. Necesitábamos los conflictos tanto como necesitábamos resolverlos tarde o temprano. Sin esas intrigas y líneas argumentales mediocres, ¿con qué nos habríamos entretenido?

En la Tierra no me habrían dado tanta curiosidad cosas como la resolución de conflictos que tuvo lugar en la Plataforma 7. De igual modo, en la Tierra la gente habría prestado mucha menos atención a la evidente lascivia que me despertaba nuestra artista visitante. Cada quien habría tenido su vida. Aquí, en cambio, a veces nuestra diarrea se escapaba de las bolsitas en las que teníamos que cagar y nuestros estornudos pendían en nubecitas virales hasta que un robot venía a aspirar las partículas. Ya nos habíamos perdido el asco. Aquí ya no había privacidad ni pudor alguno.

Los primeros meses que estuve aquí los pasé en un estado constante de repulsión. Pero luego atravesé el umbral, y ya nada me parecía grotesco. La gente dice que es como cuando tienes bebés; ya no te asquean la popó, la pipí, la baba. Aunque hasta cierto punto te dé asco tu propia mierda, por alguna razón la de tus hijos no te repugna. Hasta te da ternura. Recuerdo que, un día antes de irme, vi a mi mejor amiga, Matilda, sonreír con dulzura mientras limpiaba con pañuelos húmedos la plasta verduzca que tenía su bebé entre las nalgas.

Durante la segunda sesión de grabación, que fue más sencilla que la primera, le conté a Tina todo sobre Matilda.

—Extraño a su bebé tanto como a ella —le expliqué—. Pero es raro extrañar a alguien que en realidad todavía no era un individuo hecho y derecho cuando me fui. —Reconocí que no soporto hablar con ella por videollamada y ver cómo su peque se va transformando en persona, mientras yo voy perdiendo mi humanidad.

Esperaba que Tina me hiciera la misma pregunta que todo el mundo me ha hecho desde que mi nombre apareció en las noticias hace tres años. A nadie le gusta la idea de que una mujer fértil se vaya al espacio, donde no hay naturaleza. A nadie le gusta: ni a tus amigos ni a tus padres ni a tu presidente.

Pero ligarme las trompas nunca me causó ansiedad. La Tierra estaba muriendo, y yo no era quién para negar los hechos. Tampoco era necesario recordarle a Matilda lo mucho que sufriría su bebé. Ella lo sabía y le causaba un inmenso dolor. Yo no quería sentir el dolor derivado de saber lo que el futuro traería consigo. Quería escapar del futuro por completo, del mío y del de los demás. En el espacio, todo es pasado.

“Intergenerational life is not what this experiment is about,” I said to Tina, trying to pre-empt her questions. “I’m sure there will be one, down the line, a new start-up whose mission is to start-up a new generation of office workers in space….”

—Pero este experimento no tiene que ver con vida intergeneracional —le expliqué a Tina, en un intento por adelantarme a sus preguntas—. Seguro que habrá algo así en algún momento, un emprendimiento cuya misión sea crear una nueva generación de oficinistas espaciales…

Tina no insistió, y yo lo agradecí. Para entonces ya tenía claro que mi error no había sido esterilizarme, porque de cualquier modo lo habría hecho. Mi error fue el espacio.

Cuando Tina llegó, habíamos empezado a dormir mucho más de lo habitual. No era sueño normal, sino más como una forma de hibernación repentina y profunda. Mike lo describía como recibir una descarga eléctrica en la frente, justo donde debía estar el tercer ojo. Yo lo sentía más como una manta peluda y cálida que me envolvía y me asfixiaba hasta que no me quedaba más remedio que tenderme en horizontal.

En el espacio, la horizontalidad es un estado mental. Lo importante es atarte bien a tu saco de dormir antes de que el agotamiento haga de las suyas. Una vez Evelyn tuvo que ayudar a Mike porque su cuerpo salió volando, con el overol a medio cerrar, pero el cabello se le quedó atorado en el cierre.

Tal vez la fatiga sea sólo otro efecto secundario de la vida sin gravedad, además de la disminución de la densidad ósea y el alargamiento de los globos oculares. Nuestros cuerpos están cambiando de forma notoria, aunque intentemos inclinar las cifras a nuestro favor. Pero el sueño no es el efecto secundario típico. Es más probable que nuestro arrepentimiento acumulativo se haya vuelto narcótico.

En realidad no entendía el arrepentimiento hasta que llegué aquí. ¿Acaso se puede evaluar el pasado cualitativamente? Ahora lo entiendo. Arrepentirse no es desear haber hecho las cosas de forma distinta, aunque sepas que fue un error. Es tener conciencia de que, al fin y al cabo, el tiempo no es lineal. Es como la claustrofobia, algo que tu cuerpo hace en un espacio reducido. Es como la aflicción de la pérdida.

Mucha gente envió sus grabaciones para participar. Llegaron miles. Era una oportunidad única en la vida. Pero una decisión irreversible no es una oportunidad, sino todo lo contrario.

—Soy millonaria, por cierto —le dije a Tina. Para el segundo mes de su visita ya habíamos cubierto muchas cosas, así que de pronto se me olvidaba filtrar mis intervenciones—. Me dieron muchas acciones por haber venido, y ya son liquidables.

—Me encanta ese verbo: “liquidar” —contestó ella—. Las imagino derritiéndose o matándose entre ellas.

Yo también me las imaginaba como hielitos con pistolas, y se lo dije. Le conté que en el espacio no hay nada en lo que puedas gastarte el dinero, lo cual plantea la interrogante existencial de qué significa ser millonaria.

—Claro que lo voy a donar todo —añadí deprisa—. A organizaciones benéficas. Para el ambiente. A alguna organización ambientalista.

—O sea, ¿insinúas que no hiciste esto por dinero?

Asentí. Era cierto que, a excepción de Mike, el resto de la tripulación había firmado su contrato por esa razón: para pagar sus tarjetas sobregiradas, sus préstamos estudiantiles, sus hipotecas. Por la posibilidad de eliminar de golpe deudas heredadas de generación en generación y de proveerles a las del futuro. Nosotros pasaríamos el resto de nuestra vida aquí, pero al menos nuestros descendientes y beneficiarios se derretirían en dinero. Decir que lo habíamos hecho por dinero era la explicación más fácil para la mayoría. Pero para mí no. Yo había sido programadora de software con un salario competitivo y una pensión garantizada; la clásica DINK (pareja con doble ingreso, sin hijos) con ovarios sanos.

Tina se me quedó viendo, esperando más. Se notaba que le daba vueltas y vueltas al tema de mis motivaciones, como un ave carroñera alrededor de un cadáver. La volteé a ver con cara de que era hora de volver al trabajo.

Le pregunté a Tina por qué no filmaba a los demás. Llevaba seis semanas ahí y seguía orbitando casi exclusivamente a mi alrededor. Mike, por ejemplo, tenía lo que algunos describirían como un “cuerpazo” y una cara ideal para la televisión. Cuando supo que nuestra visitante era una artista del video, tuvo la esperanza de que por fin enviaran cámaras televisivas que filmaran nuestra existencia las veinticuatro horas al día, los siete días de la semana, como un reality show. Pero se decepcionó al saber que nadie lo vería en su afán diario de crear un legado.

—Podrías dedicarle algo de tiempo a Mike —le insistí a Tina, en parte porque pensé que, si ella le prestaba algo de atención, él dejaría de jorobarme con eso de que “Bea tiene nooooovia”.

—No. Tú eres mi protagonista —me susurró. Estábamos asomadas por una escotilla de la Plataforma 5. Las estrellas eran simples alfileres en la tela oscura del universo. Nada del otro mundo—. El resto de la gente de esta nave son simples Jims y Pams de The Office.

Suspiré. Sí, lo sabía. Incluso teníamos dos tripulantes llamados Jim. Pegué la nariz a la ventanita convexa, como la lente de una cámara, y le dije a Tina que siempre me había preguntado en secreto si no sería posible que esas escotillas en realidad fueran pantallas.

—No tendríamos forma de saberlo, ¿o sí? —le di un golpecito a la ventana. Ninguno de nosotros tenía licencia para merodear allá afuera en trajes espaciales unidos por un delgado cordón umbilical a la arquitectura, de modo que no teníamos prueba empírica de que hubiera un exterior—. Toda la información que necesitamos la obtenemos de las gráficas y tablas en las pantallas. Las ventanas no nos dicen nada, salvo que estamos en el espacio. Hasta la Tierra parece un gráfico generado por computadora.

—Es cierto, parece hecho por computadora —Tina asintió mientras observaba la franja de la Tierra que se alcanzaba a ver por la orilla del marco. Fue un alivio escucharlo; mi visión había empeorado mucho últimamente, y no sabía si era consecuencia del alargamiento de los globos oculares. Me sobresalían de la cara de una forma muy peculiar.

—Tal vez seguimos en la Tierra, y es como ese programa de concursos japonés donde un tipo pasa días encerrado en una habitación, y de pronto las cuatro paredes se desploman y descubre que el cuarto estaba en un escenario, y el público aplaude y se ríe de él…

Tina me puso una mano entre los omóplatos, sobre la columna vertebral, y bajó la cámara. Había olvidado que la tenía encendida.

—No creo que sea un programa de concursos japonés —dijo y bajó la mano por mi espalda, sintiendo cada una de mis vértebras bajo la tela de los incómodos overoles a la moda.

—Tal vez sea como el programa de los acumuladores. Los tienen atrapados en su casa hasta que la limpian por completo.

—Tampoco creo que sea como el programa de los acumuladores. —Su rostro se acercó al mío. Sus incisivos superiores resplandecieron bajo el labio de arriba. Sus labios estaban delineados. Descubrir que Tina se había maquillado fue una conmoción que me hizo sentir muy acomplejada. Nadie se había maquillado en ese programa de concursos desde el despegue.

—¿Es como Love Island? —pregunté justo antes de que la piel de mis labios rozara los suyos. Como una lagartija, saqué brevemente la lengua para darle un lengüetazo a su labio inferior.

Y ambas reímos entre besos.

Me tocaba hacer la revisión de los tanques, y Tina me acompañó para ver con sus propios ojos el quid de la cuestión. Jim 1 y Jared, que eran grandes entusiastas del fango mohoso, estaban en la Zona de Tanques cuando llegamos, intentando adivinar en qué dirección se propagarían después las diminutas esporas. Al vernos, rieron entre dientes, con una mezcla de celos, heteronormatividad y respeto.

—¿Vienen a “espiar” sus pecados? —le dijo Jared a Tina, chasqueando los labios y arqueando las cejas, antes de darme un ligero codazo.

—No las jorobes, compa —dijo Jim 1—. Sólo son amiguitas.

—Ah, conque amiguiiiiitas, ¿eh? —contestó Jared e hizo un gesto como de arrancarse el overol.

—¿Cuándo nos mostrarás lo que estás haciendo, compa? —preguntó Jim 1, señalando la cámara de Tina.

Su voz había adquirido un extraño acento sureño.

—¿En qué momento empezaste a hablar así? —le pregunté.

—Lleva toda la semana viendo True Detective —contestó Jared y me lanzó una mirada fulminante—. Todos lo hemos estado viendo.

Era verdad; últimamente no había visto series con ellos en la Zona Recreativa, así que su comentario me hizo sentir una punzada de culpa. Debí haber compartido a Tina con los demás. Era injusta mi abundancia repentina frente a la carencia comunal. Pero Tina no quería ser compartida, ¿cierto?

Jim 1 dejó de lado el acento e hizo un comentario conciliador sobre la importancia de recibir tantos talentos creativos como fuera posible en la nave. No fue sino hasta que ambos se fueron que caí en cuenta de que Tina no había intervenido en la conversación. Al voltear a verla para disculparme, descubrí que me estaba observando con una tristeza profunda.

Le mostré los tanques. Ella me vio revolver las algas, que eran nuestras verduras, y darle golpecitos a la proteína, que era nuestra carne.

Luego le mostré el tanque del fango mohoso, que en realidad parecía una pista de obstáculos. El organismo unicelular se multiplicaba y se abría paso por el laberinto hasta llegar al otro lado, donde estaba su alimento: unos cuantos granos de avena. Cada vez que alcanzaba su objetivo, permitíamos que las esporas se contrajeran y modificábamos el laberinto.

En términos generales, el fango mohoso servía para entretenernos. Era lo más cercano que teníamos a una mascota propia, además de ser la imagen corporativa. Su extraordinaria capacidad para resolver problemas fue lo que inspiró al CEO a inventar el internet más veloz del universo.

Al asomarnos a los tanques me puse a pensar por milésima vez, aunque nunca lo hubiera hecho con tanta urgencia, en la inevitable obra de arte en que devendría la estancia espacial de Tina.

—¿Eres buena artista?

Se notó que no le agradó la pregunta, e incluso la noté ligeramente avergonzada, lo cual me entusiasmó. Hasta ese momento, Tina había actuado con curiosidad descarada ante todo lo que no fuera ella misma, así que supuse que enfrentaría sus propios defectos y peculiaridades con esa misma curiosidad, en lugar de acomplejarse. Pero en esta ocasión percibí un destello de inseguridad. ¿Qué es la intimidad sin esa miaja suave de carne vulnerable? ¿Se puede forjar una intimidad real sin un toquecito de humillación?

En vez de contestar, me contó lo que había escrito en la solicitud de la convocatoria para la residencia.

—Dije que quería seguir la tradición de los grandes paisajistas que acompañaron a los exploradores colonialistas a los territorios desconocidos para documentar el Nuevo Mundo. Y también que mi obra sería una crítica al legado imperialista y colonial de exploración al que ahora contribuyen las empresas de tecnología en el espacio.

—O sea, ¿cómo?

Tina soltó una carcajada.

—Ya sé. No me habría salido con la mía si fuera caucásica.

—No, o sea, ¿por qué te contrataría una empresa de tecnología a la que llamaste colonialista?

Tina puso los ojos en blanco.

—¿Por qué una empresa de tecnología querría que usaran supuestos overoles de diseñador?

—¿Para darle publicidad a una marca de ropa?

Volvió a hacer una mueca de fastidio.

—Porque quieren pintarlos a ustedes como héroes complejos que están cartografiando un territorio desconocido. Pero están conscientes de que su propia capacidad para romantizar esto es limitada. Y me refiero a… esto. —Señaló con la mano las distintas partes de la Zona de Tanques—. Necesitan los overoles y la página llamativa y una artista y una forma de maquillar las cosas para desviar la atención de esta misión psicótica y sin sentido.

—Y les dijiste que la ibas a criticar.

—Sí, vine a hacer una crítica de todo esto para que entonces ellos puedan afirmar que están conscientes de sus peores defectos, sin tener que hacer nada al respecto después.

—¿Tienes que criticarlos para que sigan haciendo lo mismo que hasta ahora?

—Para eso nos pagan a los artistas. Si tenemos suerte, podemos husmear y llegar un poquito más lejos. —Suspiró—. Sea como sea, ellos ni se inmutan.

Quise hacerle otra pregunta, pero no me lo permitió. Me arrebató de la mano la espátula con la que había estado golpeteando la carne en su corral cúbico. “En el espacio”, pensé distraídamente, “todo es un tanque…”

—Deja de azotarla —me dijo.

—¿Dónde está tu cámara? —pregunté y de pronto me di cuenta de que faltaba algo, o alguien: el omnipresente mal tercio que observaba nuestras interacciones.

Tina esbozó una sonrisa resplandeciente y alzó la espátula en el aire. Luego, la agitó despacio detrás de mí para nalguearme tan fuerte como lo permitía la falta de gravedad. Pero la fuerza del azote la lanzó en dirección opuesta. Tuvo que agarrarse de las barras laterales para volver y nalguearme por segunda vez.

La nave iba a una velocidad de 8.2 km/s. Para cuando terminamos y salimos de la Zona de Tanques, prácticamente le habíamos dado una vuelta completa a la Tierra.

—Ya lo descifré —dijo. Era su último día. Su partida estaba programada dentro de veintiuna horas. No hay nada como la cuenta regresiva del tiempo que te queda con una amante que intensifica la experiencia de habitar tu cuerpo, de extirpar las últimas vibraciones latentes de la fuerza vital que radica en las profundidades de tu pelvis o en donde sea que suelen esconderse, para que todo tu ser prácticamente rezume VIDA. El hechizo soporífero se había disipado y había revelado mi verdadero ser: un renacuajo desnudo y tembloroso.

—¿Qué descifraste? —le pregunté. Nos estábamos tomando de la mano, atadas a nuestros respectivos sacos de dormir. Vee había asomado la cabeza una sola vez para despedirse por adelantado, pero los demás habían acordado tácitamente concedernos esas últimas horas para estar solas.

—Por qué estás aquí, tontita.

—Nunca hay una sola razón —repetí.

—Pero ahora lo entiendo —contestó en un tono casi insistente—. El corazón puede romperse de verdad. Se convulsiona a tal grado que hay gente que hasta tiene infartos y muere.

Tenía razón. No podía ser de otra manera. La persona a la que amaba murió. Sí, tenía el corazón roto. El corazón roto en un planeta roto. Y llegó la hora de abandonarlo.

—Yo no morí —contesté.

—Esto es casi lo mismo.

—Es cierto. —En el espacio, todo siempre es “casi lo mismo”.

—¿Ubicas esa película con Jennifer Lawrence? ¿Ésa en la que Chris Pratt la despierta de su cápsula durante un viaje de sesenta años a otro planeta y ella tiene que decidir si quiere volver a dormir en la cápsula hasta llegar al planeta o pasar el resto de su vida sola, en esa nave, con él?

No la había visto.

—¿No podían los dos volverse a dormir?

—No, porque una de las cápsulas se descompuso.

—Ya veo.

—Era una decisión difícil para Jennifer.

—¿En serio? ¿Pasar tu vida con Chris Pratt es opción para alguien?

—Buen punto. O sea, es una decisión difícil para su personaje en la película —dijo. Me encogí de hombros—. Entonces, al final, Jennifer se enamora de Chris, aunque le arruinó la vida al despertarla, y decide quedarse ahí con él y con su mayordomo robótico hasta que mueran. Y mueren antes de llegar al nuevo planeta.

En ese instante, uno de los robots que suele limpiar la Zona de Sueño, una pequeña Roomba flotadora, se activó. Ambas nos carcajeamos tanto que hasta me dolió la cabeza.

No era necesario que me contara la historia de Jennifer y Chris para hacerme entender que no se quedaría en el espacio conmigo y con el resto del elenco de The Office. No se disculpó por eso, ni le pedí que lo hiciera. Abandonar el planeta Tierra no es una decisión que se toma por amor. La Gaia es muy poderosa. La vida no soporta el vacío.

—Eres mucho más atractiva que Jennifer Lawrence —dije al fin, y la dolorosa intensidad de esa verdad logró por fin obligar a mis ojos agonizantes a cumplir su verdadera función: producir agua salada que se fue aglutinando poco a poco en gotas, hasta caer por los costados de mi cara.

Renunciar al planeta Tierra sin abandonar jamás su órbita. “Mierda”, pensé. Si tan sólo fuéramos camino a otro planeta, como Jennifer y Chris.

Mis dieciséis compañeros de vida y yo nos reunimos en torno a un monitor para ver el video. Mike me preguntó si quería verlo sola, pero le contesté que prefería hacerlo acompañada. Después del estreno de la pieza de Tina, anunciarían en vivo el nombre del siguiente artista residente, así que acordamos ver la proyección al mismo tiempo que el resto del mundo, en hora del Pacífico.

Duraba apenas siete minutos, y eran casi puras tomas mías. Pero sólo de mis manos. Mis manos tecleando cosas, señalando cosas y, en una ocasión, tomando la mano de Tina. En lugar de su habitual voz en off, lo único que se escuchaba era mi voz, una serie de afirmaciones editadas con un ritmo entrecortado. Al final del video, mi voz creaba un bucle infinito. “En el espacio, todo es…”, decía una y otra vez. Hasta el cansancio. “Todo es… En el espacio, todo es… En el espacio, todo… todo es… todo. Todo, en el espacio. Es. En el espacio. Todo es… En el espacio todo es… todo es… todo… todo. En el espacio. Todo es.” Durante siete minutos, no me permitió terminar la oración.